viernes, 14 de enero de 2011

EL PRIMER BESO EN “LA CIENCIA DE LOS BESOS”


Carmen Ferreras
El beso tiene su aquel. Gustavo Adolfo Bécquer se mostraba capaz de dar un mundo por una mirada, un cielo por una sonrisa y, sin embargo, se sentía incapaz de cuantificar lo que sería capaz de dar por un beso, por un solo beso, dado el interés que ponía en robar de los labios de su amada la caricia y la sensualidad que encierra un beso, como el dios Amor manda que se den ese tipo de besos.
Una científica de la Universidad de Texas, en Estados Unidos, ha escrito un libro titulado «La ciencia de los besos» en el que asegura que la experiencia del primer beso es de las más intensas de la vida. Es de las que dejan una huella indeleble. Y dice esta señora de impronunciable apellido que tal experiencia es más intensa que la pérdida de la virginidad. Tanto mirar por la susodicha y donde está el quid de la cuestión es a flor de labios, es decir, en el beso. Pero no un beso cualquiera, no un beso casto, más bien un beso con lengua, un beso de tornillo, un beso interminable de esos que cortan la respiración.

No crea usted que todos los besos que el cine nos ha mostrado son de esos besos que dejan huella, si acaso han dejado más huella algunas bofetadas. El primer beso con lengua en el cine no es tan antiguo, hubo que esperar a que Elia Kazan rodase en 1961 «Esplendor en la hierba», con un Warren Beaty que hacía perder los sentidos y una Natalie Wood de niña a mujer para que un beso de esas características hiciese historia. Lo de Sharon Stone y Michael Douglas es otra cosa.
La investigadora americana asegura en su libro que la mayoría de personas son capaces de recordar el 90% de los detalles de su primer beso. Para que luego digan que los seres humanos somos desmemoriados. Pues ya ve usted, en lo que al primer beso respecta a la hora de darle al magín somos capaces de experimentar incluso las mismas sensaciones. Hay que ponerse a ello, sobre todo si fue algo placentero y luego escribir a esta científica para enriquecer su libro con nuevas aportaciones.
Cuánta razón tenía el espadachín y pendenciero don Juan cuando afirmaba: «cada beso un terremoto». Parece ser que incluso el primer beso y los posteriores tienen suma importancia en el desarrollo de la especie humana. Y nosotros en el limbo, sin entregarnos a fondo a un hecho que ha sido objeto de estudio y revelador de lo que acontece en las distintas etapas del desarrollo en nuestra especie.

Pero no vaya a creer usted que nosotros, los seres humanos, somos la excepción. Un tipo de simios adictos al sexo, los bonobos, son más prolíficos en besos que cualquiera de los humanos. De hecho, algún científico ha sido testigo de cómo los bonobos se besaban y mordisqueaban durante doce minutos seguidos, dicen que para reafirmarse. ¡Jesús! Eso de que el primer beso no se da nunca con la boca sino con los ojos pierde fuerza a raíz del libro que nos ocupa. No, si ya lo dice Sabina: «Los besos crean adicción» y el primer beso en concreto, la experiencia más intensa de la vida.

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