sábado, 1 de octubre de 2011

EL ORGULLO DE SER VIEJO



(Del libro "La Inspiración y la Obra" de Carlos Jurado Silva.)
Ahora que a mis sienes van perlando los años, voy sintiendo que la agilidad se desprende de mi cuerpo, se va debilitando, pero sin embargo, se han robustecido mis conocimientos y todas las experiencias recogidas, me sitúan en un nivel muy superior, al de quienes recién empiezan la lucha por la vida.

Las hormigas hacen algo parecido en sus vidas, trabajan incansablemente en verano y cuando llega la época de invierno tienen asegurada su permanencia en la colonia y de esa forma, ya no se hace necesario que salgan a trabajar buscando alimentos y posiblemente morir con el frío invernal.
Entre los humanos, quienes han tenido el tacto necesario y la responsabilidad de "guardar pan para mayo" tienen garantizada su vejez y hasta les alcanzará para dar propina a los nietos que nunca faltan y por que no, ayudar a los hijos que no les va muy bien, cuando no tienen trabajo.
Totalmente distinta, es la suerte de quien no se preocupó en prepararse para cuando llegue el invierno de la vida, ese ocaso que trae como inseparable compañía, los desprecios y aburrimiento de los seres queridos, para quien nada tiene que ofrecer, excepto recordarles todo lo mal que se portó cuando fue joven.
Esos seres, a quienes llaman adultos mayores, para no decirle descarnadamente viejos, están condenados a vivir sus últimos días, en la más atroz desventura y nada tienen que reclamar; ¿cómo podrían decir a sus hijos?, "tú tienes que ayudarme ahora que estoy viejo", sin exponerse a que le recriminen y echen en cara, el abandono en que los crió y los golpes que propinó a su progenitora, cuando esta reclamó atención para ellos?
¿Con que derecho podrían reclamar ayuda, ni siquiera a las entidades benéficas, por que seguramente al ver a un anciano alcohólico, lo único que sentirían sería mal estar y lo tendrán como un mal ejemplo para la juventud que de ninguna manera debiera seguir sus pasos?
En cambio, quienes sí se preocuparon de lo que vendría mas tarde, gozaran de una vejez tranquila y llena de alegría, al calor de una familia que se enorgullecerá y no dejará de enaltecer la responsabilidad que tuvo, el que ahora esta viejo, cuando debió luchar para educar a sus hijos y dar una vida decorosa a toda su familia.
¿Como podrían reprocharle, que esta viejo y cansado y que se ha convertido en una carga para la familia, si ni siquiera tendrán que gastar en mantenerlo, por que supo ahorrar y más bien está en condiciones de seguir ayudando a los menos favorecidos por la fortuna, dando fiel cumplimiento del deber que le corresponde como jefe de familia?
Me contaba un vecino mío, que al pasar por la Plaza de Armas o la Plaza Mayor como le ha puesto el Alcalde de Lima, Dr. Alberto Andrade Carmona, un grupo de mozalbetes le gritó "viejo idiota, ¿no ves por donde caminas?" y es que sin darse cuenta y al estar distraído, había tropezado con uno de ellos.
Y las cosas hubieran llegado a mayores, si en esos momentos no hubiera aparecido un custodio del orden quien después de recriminar a los insolentes, instó respetuosamente al señor, para que continúe su camino, no sin antes, pedirle que comprenda a esta juventud irreverente y desorientada.

Entonces pensé, con que derecho se atrevieron estos muchachos a faltarle el respeto a un hombre que bien podría haber sido su padre o en todo caso su abuelo, ellos recién estaban empezando el camino de la vida y nada garantizaba que algún día llegaran a ser viejos.
Los actuales hombres de edad, son como los soldados que regresan triunfantes de la guerra, atrás quedaron los campos de batalla y retornan a casa para contar sus aventuras y mostrar orgullosos esas arrugas que cual cicatrices, de las heridas recibidas en la guerra, muestran airosos los combatientes.
En el Congreso de la República, debiera elaborarse un proyecto, a fin de lograr que por ley, se respete a los ancianos, bajo apercibimiento de ser sancionados sus agresores, en forma ejemplar, como escarmiento para los irreverentes, que no saben, cuan valiosa es una persona de la tercera edad, la que en su momento, supo enfrentar las vicisitudes que trataron de quebrarlo, pero no lograron su afán.

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